miércoles, 6 de agosto de 2014

Nueva Barcelona en los Balcanes

El pasado año se cumplieron tres siglos de la firma del Tratado de Utrech, un acuerdo que marcó el fin a la Guerra de Sucesión española y supuso la subida al trono de los Borbones en la figura de Felipe V. Tras la contienda, muchos de los que habían apoyado al archiduque Carlos, representante de la Casa de Habsburgo, se vieron obligados a abandonar el país.
Ese fue el caso de un buen número de habitantes de Barcelona, ciudad que, tal y como narra Javier Sanz en el blog «Historias de la Historia», se resistieron a aceptar la autoridad del nuevo rey Borbón hasta septiembre de 1714. Tras la caída de la Ciudad Condal, buscaron refugio en territorios como Nápoles, Flandes, Cerdeña o Sicilia, a los que, obligada por el Tratado de Utrech, había renunciado la Corona española.
Sin embargo, el rey Felipe no se había resignado a su pérdida y en 1733 reconquistó Nápoles y Sicilia. Los emigrantes catalanes que se habían refugiado allí se vieron obligados a volver a huir, esta vez a Viena. Una vez allí, sin recursos y sin forma de ganarse la vida, malvivían vagabundeando por las calles, por lo que las autoridades decidieron reubicarlos en algún lugar donde no molestasen.
El lugar elegido fue un territorio pantanoso de la península de los Balcanes conquistado hacía poco tiempo y que hoy ocupa la ciudad serbia de Zrenjanin. Con esta solución, además de quitarse un problema, utilizaron a los catalanes para repoblar la frontera que les separaba de los turcos.
Así, entre 1735 y 1737 y financiados por el Sacro Imperio, unos mil catalanes fueron embarcados y llevados a su nuevo hogar a través del Danubio. Allí fundaron Nueva Barcelona, comenzaron la construcción de aquella nueva ciudad donde plantaron las primeras moreras para alimentar a los gusanos de sus fábricas de seda. Pero el sueño de un nuevo hogar solo duró tres años.
Los enfrentamientos entre los Habsburgo y el Imperio otomano se reanudaron y la zona ocupada por los catalanes sufrió numerosos ataques por parte de los de los turcos, que, además, introdujeron la peste en la ciudad. La epidemia diezmó la población y los pocos que sobrevivieron abandonaron Nueva Barcelona, de vuelta a Buda o Viena.
Su rastro se perdió. En 1808 un incendio arrasó lo que quedaba de la ciudad, llevándose con él todo rastro de los emigrantes catalanes. En Zrenjanin solo la presencia de moreras recuerda hoy la existencia del truncado sueño de Nueva Barcelona.


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