viernes, 18 de agosto de 2017

Las Encantadas

Mitos sobre encantadas o encantás, se pueden recoger a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Adquieren distintos sobrenombres, en Galicia y Portugal se las demomina Mouras, Xana en Asturias, Anjanas y encantáas o encantos en Cantabria, la diosa Mari es un mito vasco similar... En Castilla, se las demomina moras o encantás (La Mancha).
El mito es similar en casi todas partes, siempre relacionadas con lugares lúgubres, oscuros y acuáticos: cuevas, pozos, ríos... Suelen ser bellas y de cabellos rubios, cabello que se peinan con un peine.

En el sur de Castilla están especialmente extendidas, encontrándolas en casi todas las comarcas del sur castellano. Carlos Villar Esparza recoge este mito en la Revista de Folclore:
Aparición, que salvo excepciones, era siempre sanjuanera. En Villanueva de los Infantes se decía que: “Era una señora muy guapa, encantada, que no se veía pero que se podía hablar con ella y provocaba miedo”, “Mora muy guapa, con el pelo largo, a la que apenas podían resistirse los hombres que la miraban a los ojos… cuando se iba a beber agua en abrevaderos en el campo, salía con un cántaro y te golpeaba en la cabeza”, “Mora que vivía en sitios subterráneos, Cuevas de San Miguel y la Mora y salía el día de San Juan. Se decía que estaba encantada y que si te acertaba a tocar con el peine, quedarías también encantado o encantada”.
La “Encantá” de Torre de Juan Abad, se dejaba ver en El Estrecho de las Torres, también conocido como Torres de Joray o Eznavejor, término de Villamanrique.
La noche de San Juan, junto a la Fuente del Piojo, bajo la sombra de los últimos restos de Joray, era el lugar elegido para la manifestación mágica. La informadora relata que, se dieron días que las gentes del pueblo, en grupos, marchaban a contemplar el prodigio. Aparecía con un camisón de raso azul y en una de sus manos un maravilloso peine de oro que le servía para sus suaves cabellos. Cuando alguno de los curiosos se acercaba en demasía, la aparición desaparecía.
Fantasmagoría compartida con el vecino pueblo de Villamanrique. En él se han conservado algunas leyendas sobre la maldición que pesa sobre la “Encantá”, antaño, hermosa mora enamorada de un cristiano infiel, y de un tesoro oculto. Ese día ninguna moza soltera pasaba por tal lugar ni con el pensamiento, de hacerlo, no se casaban.
En Alcubillas, en el cerro de San Isidro, asomaba otra “Encantá” de la que decían suplicaba por piedad a los caminantes, un poco de agua… cuando el gañán caritativo, conmovido por las palabras suplicantes y la belleza de la encantada se acercaba para entregársela, desaparecía.
Junto a los “Riscos de la Cubeta”, Ruidera, también aparecía esta visión: “Pues íbamos los chiquillos a varear aquello, para comer los anises y las mujeres, nuestras madres, las personas mayores nos decían: “… tener cuidado, ir a una hora, siempre al mediodía o por la tarde, porque por las mañanas hay una mujer vieja que está encantá, con un pelo muy largo, pero es un pelo que brilla mucho, es de color de oro que se peina con un peine de oro y sale por las mañanas en cuanto sale el sol, al sitio que da el sol, y se está peinando y si os coge a algún chiquillo os va a dejar encantaos y os vais a quedar allí y ella se va a salir que es lo que quiere”.
La “Encantá del Caño” asomaba por tierras del pueblo de Montiel.
Dato significante es que, las múltiples manifestaciones de la “Encantá”, suceden junto a corrientes de agua.
Etimológicamente la denominación de mora o moura, responde a la relación del vocablo prerromano "mor"(piedras, túmulo, cerro..) y que puede corresponderse con las"morras", poblados pertenecientes a la cultura del Bronce Manchego.
En Granátula de Calatrava encontramos una variante algo particular, la Trocanta. La leyenda cuenta que en el Cerro de la Encantada, próximo a Granátula de Calatrava, en el fondo de una cueva habita una especie de lagarto o culebra, que en las noches de San Juan se convierte en una hermosa mujer que incluso llega a sobrevolar los campos de la comarca. Su carácter, en principio se piensa que puede llegar a ser maligno...

jueves, 17 de agosto de 2017

La Diosa Deganta - El Bierzo


La diosa Deganta en el Bierzo, como señas más relevantes es preciso mencionar: las aras dedicadas a ella y, asimismo, con de las ninfas Camenas- en ambos casos, númenes vinculados estrechamente con las aguas.

(El Santuario del Alba)

Faro de Tossa de Mar

Otro de los pueblos más bonitos y con mayor encanto que podrás visitar en España se encuentra en este rincón de la Costa Brava. Es un pequeño paraíso en el que puedes aparcar alrededor de la costa y dirigirte a la Platja Gran donde divisaremos el faro a lo lejos, a 600 metros sobre nuestras cabezas. Allí, una de las opciones disponibles es subirte a un tren turístico que te lleve por un recorrido hasta él. Durante este trayecto, podemos disfrutar de unas inigualables vistas de la vieja ciudad de Tossa de Mar, la Vila Vella, con una muralla que se alza sobre la montaña junto a 6 torres y una iglesia.
En esta zona podemos visitar también la torre d’en Joanàs, desde la que poder ver el impresionante paisaje que nos ofrece la bahía, poblada de algunos acantilados, y volver nuestros ojos de nuevo al clásico y elegante faro. En su interior está el Centro de Interpretación de los Faros del Mediterráneo y se alza cerca de la ermita de Sant Elm, donde hay un mirador. Y para terminar nuestro día de visita por Tossa, podemos aprovechar para pasar una velada cenando en el Bar del Far del Mar.

SABÍAS QUE… 
Atravesando la muralla que rodea la estancia del faro, nos sorprenderá una escultura de la actriz Ava Gardner. Este recuerdo se debe a la película que la actriz protagonizó por las calles de este pueblo, mostrando su belleza y haciéndola conocida por todos. Es por ello que, en honor al papel que supuso la estrella para Tossa, se levanta esta figura.

(Termómetro turístico)

Peña de Gubín - Berció

En el pueblo de Berció vivía una muchacha bellísima, que en fiestas y romerías era la más solicitada del pueblo. Mas ella rechazaba a todos los pretendientes, no queriendo separarse de sus padres. En una de esas romerías bailó con un joven labrador que, lejos de cortejarla como los otros, la trató con una respetuosa afabilidad. Bailaron juntos casi toda la tarde, y cuando otros mozos venían a pedir a la joven que bailase con ellos, decía que estaba cansada, para poder seguir hablando así con el nuevo compañero. Después, ya anochecido, bajaban todos hacia el pueblo, iban por el camino saltando y bailando al son de la gaita y del tamboril, tañidos por el viejo Manolín, que los seguía. La muchacha no se separaba del joven labrador, y cuando se cogían las manos para saltar, ella sentía una impresión desconocida. Aquella noche, en el lecho, apenas pudo conciliar el sueño; era la primera vez que un hombre la había atraído. El labrador también estaba prendado de su compañera de baile.
A la mañana siguiente se encontraron, camino del mercado. Y a partir de ese día se vieron en otras muchas ocasiones. Comenzaron luego a citarse, hasta que se hicieron novios. Los padres de la muchacha nada tenían que oponer, pues el futuro yerno era honrado, trabajador, no le gustaba demasiado la taberna ni las cartas, y sus tierras estaban bien cuidadas. Los novios se sentían cada día más felices. Era por el tiempo del otoño y esperaban casarse para Año Nuevo, después de haber celebrado las Navidades en sus casas respectivas como despedida. Ya en las romerías bailaban siempre juntos, como en el día en que se conocieron, y cuando se cogían de la mano para bailar la solemne Danza Prima, sus manos se apretaban firmemente con amor y confianza. En las esfoyazas, entre cuentos y canciones, las amigas de ta muchacha le daban bromas sobre el novio.
Mas los proyectos de los jóvenes enamorados no se llegaron a cumplir en el plazo que ellos deseaban. Por entonces hubo necesidad de reclutar gente para la guerra, y el muchacho fue llamado a las quintas. Gran disgusto fue para ellos; pero nada podían hacer. El día en que partía, ella lo acompañó un largo trecho, hasta la roca que llaman peña de Gubín, risco escarpado a los pies del cual pasa, encañonado y turbulento, el Nalón. Y sobre aquella peña que domina los valles vecinos, la muchacha hizo solemne juramento de aguardar a su novio: «¡Por la Virgen Santa te juro que cuando vuelvas me encontrarás en esta misma peña!». Con los ojos llenos de lágrimas, la joven besó la cruz formada por sus dedos. Después él partió, descendiendo por un sendero, entre robles, hasta el camino real, que pasaba no lejos de la peña. La muchacha volvió despacio hacia el pueblo.
Por aquel entonces vivía en un castillo medio derruido un caballero que aún poseía muchas tierras y riquezas y al que pagaban tributo muchos de los del pueblo. Este caballero había estado ausente algún tiempo, y cuando volvió a descansar, empezó a asistir a las romerías y a las fiestas. En una de éstas vio a la muchacha, que, a pesar de la ausencia de su novio, había asistido, forzada por sus amigas, que querían distraerla de la continua melancolía en que había caído desde la marcha de su prometido. El caballero se sintió atraído por la belleza delicada de la joven y se acercó a galantearla. Las compañeras se sintieron felices cuando se les acercó a su grupo el noble señor, pero la muchacha permaneció seria y silenciosa, sin responder nada a las palabras del caballero. Se encontraba allí incómoda; estaba cercano el plazo en que debía regresar su prometido y deseaba estar sola para pensar en él.
Así, antes de que terminara la fiesta, en vez de regresar, como en otras ocasiones, con los alegres grupos que bajaban bailando hacia el pueblo, se separó de las amigas, y por un sendero apartado se dirigió hasta la peña de Gubín. El sol se iba ya a ocultar; la tierra parecía haberse oscurecido en su verdor, los pájaros habían callado y sólo se oía el ruido de la corriente tumultuosa del Nalón. En el horizonte, las nubes se enrojecían. La muchacha, arrodillada en lo alto de la peña, pensaba en su prometido y escudriñaba los caminos y un trozo del camino real, para ver si llegaba el esperado. Pero, como otras tantas tardes, su espera fue en vano. El sol se puso, y la muchacha iba a incorporarse, suspirando, cuando oyó una voz que la sobresaltó: «¡No suspires más! ¡Aquí estoy!». Mas la voz no era la de su prometido. Se volvió. Frente a ella estaba el señor del castillo, que la miraba con ojos llenos de codicia y de pasión. La muchacha, alterada, no dijo nada, sino que intentó pasar. El caballero la sujetó por un brazo. «¡No te dejaré escapar! ¡Aquí nadie nos ve, y te quiero!» Ella le suplicó, llorando, que la dejase marchar, pues había hecho un juramento allí mismo y no podía ser de otro hombre, ya que su alma y su vida estaban ya dadas. «¡Dejadme volver al pueblo! Es tarde y extrañarán mi ausencia. No conviene a la reputación de una joven cuyo novio está ausente que se la vea acompañada.» Pero el caballero, lejos de dejarla pasar y de soltar el brazo, la abrazó, con la intención de besarla. Ella resistió heroicamente, haciendo inútiles esfuerzos para soltarse. Hasta que en la violencia de la lucha, resbalaron por el borde de la sima que cortaba la peña, y cayeron. El caballero gritó, espantado. Pero la muchacha tuvo tiempo de invocar a la Virgen: «¡Virgen Santa, valedme!».
Apenas había dicho esto, cuando, unas manos invisibles la sujetaron y la elevaron dulcemente hasta dejarla otra vez en lo alto de la peña.
El caballero fue arrastrado por la corriente del Nalón y su cuerpo apareció destrozado aguas abajo. Para que el milagro fuera más completo, cuando la muchacha, tendida en tierra, sollozaba aún llena de terror, sintió otra voz, ésta conocida y amada, que la llamaba. Se levantó y vio que por el sendero llegaba su prometido.
Pocos días después se celebraban las bodas. La muerte del caballero fue atribuida a un La peña de Gubín
En el pueblo de Berció vivía una muchacha bellísima, que en fiestas y romerías era la más solicitada del pueblo. Mas ella rechazaba a todos los pretendientes, no queriendo separarse de sus padres. En una de esas romerías bailó con un joven labrador que, lejos de cortejarla como los otros, la trató con una respetuosa afabilidad. Bailaron juntos casi toda la tarde, y cuando otros mozos venían a pedir a la joven que bailase con ellos, decía que estaba cansada, para poder seguir hablando así con el nuevo compañero. Después, ya anochecido, bajaban todos hacia el pueblo, iban por el camino saltando y bailando al son de la gaita y del tamboril, tañidos por el viejo Manolín, que los seguía. La muchacha no se separaba del joven labrador, y cuando se cogían las manos para saltar, ella sentía una impresión desconocida. Aquella noche, en el lecho, apenas pudo conciliar el sueño; era la primera vez que un hombre la había atraído. El labrador también estaba prendado de su compañera de baile.
A la mañana siguiente se encontraron, camino del mercado. Y a partir de ese día se vieron en otras muchas ocasiones. Comenzaron luego a citarse, hasta que se hicieron novios. Los padres de la muchacha nada tenían que oponer, pues el futuro yerno era honrado, trabajador, no le gustaba demasiado la taberna ni las cartas, y sus tierras estaban bien cuidadas. Los novios se sentían cada día más felices. Era por el tiempo del otoño y esperaban casarse para Año Nuevo, después de haber celebrado las Navidades en sus casas respectivas como despedida. Ya en las romerías bailaban siempre juntos, como en el día en que se conocieron, y cuando se cogían de la mano para bailar la solemne Danza Prima, sus manos se apretaban firmemente con amor y confianza. En las esfoyazas, entre cuentos y canciones, las amigas de ta muchacha le daban bromas sobre el novio.
Mas los proyectos de los jóvenes enamorados no se llegaron a cumplir en el plazo que ellos deseaban. Por entonces hubo necesidad de reclutar gente para la guerra, y el muchacho fue llamado a las quintas. Gran disgusto fue para ellos; pero nada podían hacer. El día en que partía, ella lo acompañó un largo trecho, hasta la roca que llaman peña de Gubín, risco escarpado a los pies del cual pasa, encañonado y turbulento, el Nalón. Y sobre aquella peña que domina los valles vecinos, la muchacha hizo solemne juramento de aguardar a su novio: «¡Por la Virgen Santa te juro que cuando vuelvas me encontrarás en esta misma peña!». Con los ojos llenos de lágrimas, la joven besó la cruz formada por sus dedos. Después él partió, descendiendo por un sendero, entre robles, hasta el camino real, que pasaba no lejos de la peña. La muchacha volvió despacio hacia el pueblo.
Por aquel entonces vivía en un castillo medio derruido un caballero que aún poseía muchas tierras y riquezas y al que pagaban tributo muchos de los del pueblo. Este caballero había estado ausente algún tiempo, y cuando volvió a descansar, empezó a asistir a las romerías y a las fiestas. En una de éstas vio a la muchacha, que, a pesar de la ausencia de su novio, había asistido, forzada por sus amigas, que querían distraerla de la continua melancolía en que había caído desde la marcha de su prometido. El caballero se sintió atraído por la belleza delicada de la joven y se acercó a galantearla. Las compañeras se sintieron felices cuando se les acercó a su grupo el noble señor, pero la muchacha permaneció seria y silenciosa, sin responder nada a las palabras del caballero. Se encontraba allí incómoda; estaba cercano el plazo en que debía regresar su prometido y deseaba estar sola para pensar en él.
Así, antes de que terminara la fiesta, en vez de regresar, como en otras ocasiones, con los alegres grupos que bajaban bailando hacia el pueblo, se separó de las amigas, y por un sendero apartado se dirigió hasta la peña de Gubín. El sol se iba ya a ocultar; la tierra parecía haberse oscurecido en su verdor, los pájaros habían callado y sólo se oía el ruido de la corriente tumultuosa del Nalón. En el horizonte, las nubes se enrojecían. La muchacha, arrodillada en lo alto de la peña, pensaba en su prometido y escudriñaba los caminos y un trozo del camino real, para ver si llegaba el esperado. Pero, como otras tantas tardes, su espera fue en vano. El sol se puso, y la muchacha iba a incorporarse, suspirando, cuando oyó una voz que la sobresaltó: «¡No suspires más! ¡Aquí estoy!». Mas la voz no era la de su prometido. Se volvió. Frente a ella estaba el señor del castillo, que la miraba con ojos llenos de codicia y de pasión. La muchacha, alterada, no dijo nada, sino que intentó pasar. El caballero la sujetó por un brazo. «¡No te dejaré escapar! ¡Aquí nadie nos ve, y te quiero!» Ella le suplicó, llorando, que la dejase marchar, pues había hecho un juramento allí mismo y no podía ser de otro hombre, ya que su alma y su vida estaban ya dadas. «¡Dejadme volver al pueblo! Es tarde y extrañarán mi ausencia. No conviene a la reputación de una joven cuyo novio está ausente que se la vea acompañada.» Pero el caballero, lejos de dejarla pasar y de soltar el brazo, la abrazó, con la intención de besarla. Ella resistió heroicamente, haciendo inútiles esfuerzos para soltarse. Hasta que en la violencia de la lucha, resbalaron por el borde de la sima que cortaba la peña, y cayeron. El caballero gritó, espantado. Pero la muchacha tuvo tiempo de invocar a la Virgen: «¡Virgen Santa, valedme!».
Apenas había dicho esto, cuando, unas manos invisibles la sujetaron y la elevaron dulcemente hasta dejarla otra vez en lo alto de la peña.
El caballero fue arrastrado por la corriente del Nalón y su cuerpo apareció destrozado aguas abajo. Para que el milagro fuera más completo, cuando la muchacha, tendida en tierra, sollozaba aún llena de terror, sintió otra voz, ésta conocida y amada, que la llamaba. Se levantó y vio que por el sendero llegaba su prometido.
Pocos días después se celebraban las bodas. La muerte del caballero fue atribuida a un accidente. Sólo el párroco sabía la verdad de lo sucedido.


(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

Los siete Infantes de Lara

Qué gran día para los castellanos aquel en que se ganó Calatrava la Vieja! Y ¡qué bien peleó en aquella ocasión Ruy Velázquez, el noble caballero! Siempre dando las heridas primeras, siempre adelantado en el haz. Y con trescientos hombres que llevaba mató a más de cinco mil moros. ¡Ojalá hubiera muerto aquel día! Su nombre hubiera pasado limpio y glorioso al recuerdo de los castellanos y no sería maldecido; su cuerpo yacería bajo rico enterramiento y no bajo carretadas de piedras arrojadas por los caminantes. Y no hubiera tramado gran traición contra sus sobrinos los siete infantes de Lara. Ésta es la dolorosa historia.
Como recompensa por el triunfo de Calatrava, el rey dio a Ruy Velázquez en matrimonio a doña Lambra, hermosísima mujer. Celebráronse las bodas en Burgos y las tornabodas en Salas, de donde eran los siete infantes, también llamados de Lara. Grandes fiestas se hacían, alegres en grado sumo. Á ellas llegaron los siete infantes, que fueron recibidos con muestras de cariño por su madre doña Sancha, mujer de Gonzalo Gustioz y hermana de Ruy Velázquez. Uno a uno fueron abrazados y besados tiernamente, sobre todo Gonzalico, de ellos el preferido. Los siete infantes eran de noble apostura y bravo corazón; la más pura concordia, el cariño más acendrado entre ellos reinaba y cada uno estaba presto a dar la vida, si necesario fuera, por los demás; nunca existió ni la más pequeña diferencia. «Hijos -les dijo la madre-, id a descansar a vuestra posada de la calle Cantarranas, y no salgáis, que las plazas están llenas de gente, y por fútiles motivos se originan trifulcas peligrosas.» Y ellos así lo hicieron.
En tanto, había pasado la hora de la comida, y todos los caballeros que habían venido a las fiestas de tornabodas salieron a la plaza a correr bohordos y a tirar tablados. Pero ninguno bohordaba bien: un caballero cordobés salió al campo y tiró una vara con fuerza y gallardía, entre el aplauso de la concurrencia. Y volviéndose al grupo de nobles damas que presidía doña Lambra, gritó: «¡Amad, señoras, amad, que más vale un caballero de Córdoba la llana que veinte ni treinta de los que son tan nombrados en esta tierra». Y doña Lambra, llena de entusiasmo, exclamó: «¡Maldita sea la dama que su cuerpo te niegue! ¡Y si yo fuera libre, tuyo sería mi favor!». Pero doña Sancha, que estaba presente, enrojeció de vergüenza y le hizo ver que esas palabras no estaban bien en labios de una mujer recién dada en matrimonio a Ruy Velázquez. Doña Lambra, echando atrás su hermosa cabeza, miró a la madre de los siete infantes y le escupió estas palabras: «Callad, doña Sancha, que vos como puerca en ciénaga paristeis siete hijos». Y un viejo servidor que allí se hallaba, lleno de dolor y de indignación, fue a la posada en donde estaban los infantes.
Venía este buen hombre cabizbajo por la calle. Gonzalo, que estaba asomado al barandal, le dijo: «¡Eh!, ¿qué os pasa, ayo?; ¿por qué esa cara de pesar?». Y el ayo, que tal era, le dijo: «Vengo lleno de dolor por algo que he oído que ofende a vuestra sangre». Y entrando en la casa, quiso retirarse sin decir más, temiendo que los infantes quisieran vengar el insulto hecho a su madre; pero obligado por ellos, tuvo que relatar lo sucedido. Gonzalo, saliendo como una exhalación, cogió su caballo, entró en la plaza y tomando una vara, la lanzó con tanta fuerza, que el tablado cayó estruendosamente, y volviéndose a donde estaban las damas, les gritó, insultándolas: «Amad, puercas, amad, que un caballero de mi sangre vale más que cuarenta de Córdoba». Doña Lambra, llena de ira, se retiró, y fuese al palacio de Ruy Velázquez, gritando: «¡Venganza, venganza!». Ruy Velázquez, viéndola así, le preguntó qué había sucedido, y ella contestó: «Vuestros sobrinos, los siete infantes de Lara, me han insultado y amenazado injuriosamente, diciéndome que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar». Ruy Velázquez salió y fue a la plaza, en donde se había trabado una gran pelea: Gonzalo había matado a Alvar Sánchez, primo de doña Lambra, y contra aquél se lanzó Ruy, hiriéndole y queriéndolo rematar, sin conseguirlo, por la intervención de los hermanos, que habían acudido prestamente a la plaza. Y de esta manera comenzó la lucha entre los de Lara y los caballeros de doña Lambra.
Durante algún tiempo la enemistad persistió, traduciéndose en continuas reyertas. Al fin intervinieron el rey y Gonzalo Gustioz, estableciéndose la paz. Se decidió que para probar la buena voluntad de los hasta entonces enemigos, los siete infantes escoltasen a doña Lambra a Barbadillo, que era heredad suya. Llegados allí, el rencor de la vengativa dama renació y ordenó a un criado que arrojase un cohombro lleno de sangre a Gonzalo. Éste, al verse agraviado tan sin razón, quiso matar al sirviente, siendo ayudado por sus hermanos. Pero el sirviente huyó a donde estaba su señora, la cual lo amparó, protegiéndolo bajo su falda, lo cual era signo de inviolabilidad. Pero los infantes no hicieron caso de ello y allí mismo dieron muerte a quien de tan mala manera había insultado a uno de ellos. Doña Lambra fue de nuevo a pedir venganza a Ruy Velázquez, diciéndole que si no se la concedía, iría a pedírsela a Almanzor. Ruy Velázquez, entonces, tramó una gran venganza contra su cuñado y sus sobrinos.
Fue a visitar a Gonzalo Gustioz, y saludándole con grandes muestras de afecto, le dijo: «Venturosamente ya pasaron los tiempos en que nuestras gentes eran enemigas. Quiero mostrarte mi buena voluntad encargándote de una importante embajada. Conviene conocer la opinión de Almanzor en ciertos asuntos de frontera. Yo os pido que llevéis cartas mías al gran guerrero, que sin duda os recibirá y honrará como a quien sois». Gonzalo Gustioz aceptó de buen grado y tomó la carta que, escrita en árabe, le entregaba Ruy Velázquez. «Mañana, al alborear, saldré», dijo. Y, en efecto, al día siguiente, después de haberse despedido de sus hijos, se puso en camino hacia la frontera.
Llegó a Córdoba, se dio a conocer como emisario a los guardias de las murallas y fue conducido a palacio. Allí Almanzor lo recibió con muchos honores, y habiéndole preguntado cuál era su embajada, Gonzalo Gustioz le entregó la carta. El semblante del caudillo moro se ensombreció: «¡Ah Gonzalo Gustioz!; mal haya la hora en que trajisteis esta carta. En ella me pide Ruy Velázquez que os dé muerte». Gonzalo se estremeció, comprendiendo que había sido traicionado, y así lo hizo ver a Almanzor. Mas éste, que era de natural caballeresco, no quiso prestarse a tan infame treta, y le dijo al cristiano: «No haré lo que se me pide, mas sí he de retenerte aquí. No te duelas de esto, que estarás bien tratado». Y le dio como sirvienta a una hermana suya, una bella mora.
En la misma carta decía Ruy Velázquez que, además de entregarle a Gonzalo Gustioz, haría que los infantes fuesen a la frontera con poca gente para que pudiesen ser muertos por los moros, sin peligro ni riesgo para éstos. En efecto, un día pidió a los infantes que le acompañasen en una pequeña algarada que iba a hacer contra tierras de moros. Los infantes aceptaron y se despidieron de su madre, quien en vano trató de retenerlos. Iban acompañados del viejo ayo Ñuño Salido. Por el camino tuvieron varios agüeros, y el ayo, interpretándolos como de mal presagio, quiso que se volviesen a Salas, mas los jóvenes se burlaron cariñosamente de él. 
Llegados por las sierras de Alta-mira, cerca del valle de Arabiana, Ruy Velázquez les dijo: «Es hora de mostrar vuestro valor. Corred ese campo de moros, y si necesitáis ayuda, yo os la prestaré». Soltaron las riendas y se internaron en el valle, creyendo que todo iría bien. Mas de pronto vieron salir de los desfiladeros gran cantidad de enemigos que los rodearon y se lanzaron contra ellos. Los infantes no se amedrentaron por ello; empuñaron sus lanzas, y a los primeros moros que llegaron les hicieron pagar cara su osadía. ¡Dios, qué bien peleaban! Sus brazos estaban empapados en sangre enemiga. Al fin saltaron sus lanzas, rotas, y empuñaron las fuertes espadas. Durante varias horas continuó la pelea; el moro Alicante, que era quien capitaneaba a la gente de Almanzor, estaba admirado de ver el valor de aquellos jóvenes cristianos. Y dando treguas, les hizo pasar a las tiendas que había dispuesto, confortándolos con vino y alimentos. Ñuño Salido se dolía de la traición, dirigiéndoles tiernas palabras. Alicante estaba presto al perdón cuando Ruy Velázquez, llegando de improviso, lo llamó aparte y le dijo: «¡Mal cumplís las órdenes de vuestro señor! Esta blandura sin duda engendrará la ira de Almanzor, que os hará pagar cara vuestra transigencia». Y Alicante, temeroso de merecer un duro castigo, ordenó que se reanudase la pelea. De nuevo la lucha tomó gran fuerza, los siete infantes y Ñuño Salido peleaban bien, pero al fin fueron cayendo uno tras otro en presencia de Ruy Velázquez, que desde un alcor próximo presenciaba el cumplimiento de su venganza.
El moro Alicante cogió las cabezas de los siete infantes y la de Nuño Salido y partió hacia Córdoba; era víspera de San Cebrián. Llegó a la ciudad mora, entró en palacio y presentó su trofeo a Almanzor. Éste puso las cabezas en un tablado y mandó llamar a Gonzalo Gustioz. Llegó el cautivo, y Almanzor le dijo: «Aquí tienes ocho cabezas de gente noble. Prueba a ver si las reconoces».
Gonzalo las limpió, y cogiendo una estalló, al mirarla, en sollozos: «¡Ay triste de mí, que sí las conozco! ¡Nunca fue hombre tan desdichado!». Y dirigiéndose a ellas comenzó a hablarles con la voz que le temblaba de lágrimas, como las hojas del chopo tiemblan con la lluvia de abril: «Dios os salve, Ñuño Salido, buen compadre. ¿Qué hicisteis con los hijos que os encomendé? Mas perdonad, que bien veo que habéis cumplido con vuestro deber». Tomó la cabeza del heredero y le dijo: «¡Oh hijo Diego González, aquí paró vuestra gallardía, vuestro porte de alférez del conde Garci Fernández! Mis tierras quedaron sin nadie que las heredara». Y así fue hablando con todas las cabezas, elogiando a cada hijo sus cualidades: a Martín, su destreza en las tabas y su buena conversación; a don Suero, lo estimado que era de todos; a Fernán, su maestría en la caza; a Ruy y a Gustioz, su valor en la guerra; y sobre todo, lloró acariciando y besando la del menor, la de Gonzalillo, que era el preferido de su madre. Y de este llanto tuvo tan gran angustia, que cayó como muerto en tierra. Todos los presentes hubieron gran lástima de él. Y Almanzor ordenó que fuera conducido a los aposentos que le habían sido destinados, en donde la hermana del caudillo atendió con todo cariño al desdichado castellano.
En esa hermosa mora encontró gran consuelo Gonzalo Gustioz. Y pasando el tiempo, hubo amores entre ellos. Cuando ella tenía en el vientre el fruto de esos amores, Almanzor determinó dar libertad a Gonzalo, el cual, antes de partir de Córdoba, le entregó a su amada un anillo partido por la mitad, diciéndole que si era varón el hijo que tuviera, que cuando llegase a su edad moza, lo enviase a la cristiandad para que vengase a sus hermanos.
Pasó el tiempo, y el hijo de Gonzalo Gustioz y de la hermana de Almanzor fue creciendo, hasta hacerse un gallardo mancebo. Se había criado en palacio y nadie le había hablado de su origen. Mas un día, jugando al ajedrez con un príncipe moro, tuvo una disputa con él, y éste lo insultó llamándole hijo de nadie. Mudarra, que así era el nombre del bastardo, mató al que lo había insultado y fue a preguntar a su madre la verdad sobre su origen. La mora se lo contó todo, le entregó el anillo partido y le dijo que era llegado el tiempo en que había de marchar a la cristiandad para vengar a su padre y hermanos.
Mudarra partió, despidiéndose de Almanzor, el cual le tenía gran cariño, y marchó a Burgos. Allí buscó a su padre, se dio a conocer con el anillo y le pidió que le guiase al sitio en donde podría encontrar a Ruy Velázquez. Gran alegría recibió el buen viejo Gonzalo Gustioz al ver que al fin eran vengadas tantas traiciones e injurias, y bendijo a Mudarrillo. Éste se puso en camino, persiguiendo a Ruy Velázquez, que al saber su llegada había huido.
Al fin una tarde encontró Mudarra a un caballero reposando debajo de una haya. Le saludó preguntándole su nombre, y al reconocerlo como Ruy Velázquez, le dio muerte sin qué el traidor pudiera defenderse. Su cuerpo quedó allí sin sepultura, cubierto de piedras que los castellanos echaron sobre él; y desde entonces todos los que pasaban por aquella pedrera, en vez de rezar un padrenuestro, echaban otra piedra maldiciendo el ánima del traidor.
Doña Lambra fue más tarde presa y quemada viva. Y así se cumplió la venganza por la traición de que fueron objeto los siete infantes de Lara.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Plaza Mayor - Herrera del Duque

La Plaza Mayor o plaza de España en la antigüedad fue cuadrada y a causa de posteriores construcciones ha quedado reducida a un rectángulo. 
En la segunda mitad del siglo XX ha sufrido diversas transformaciones que le han hecho perder su fisonomía original. En la actualidad, la población se articula urbanísticamente en torno a una amplia plaza rodeada de galerías porticadas en casi todo su perímetro. Las arcadas se cubren con bóvedas de diferentes tipos. 
La plaza tiene cinco entradas y se comunica con la calle Cantarranas a través de un arco abovedado, sobre el que antiguamente se situaba la Casa de la Audiencia o del Consejo, en su lugar ahora está el reloj de la localidad.

Fuente
En el centro de la plaza se alza una fuente construida en 1787, considerada como una joya escultórica: es toda de jaspe negro pulimentado y planta octogonal colocada sobre un plano ochavado con tres gradas y una columna central, de 4 metros de altura, por cuyo interior se eleva el agua hasta la cúspide y de la que sale por cuatro caños, cayendo en una copa redonda en forma de taza, labrada por su parte exterior a media caña, la cual deja salir el agua por ocho caños al pilón principal.
Recientemente las paredes del pilón han sido reformadas con dos pletinas de hierro que impiden la separación y desplome de los bloques de jaspe. Hoy no tiene otro uso que el ornamental, pero antiguamente se utilizaba como fuente pública y se llenaban los cántaros con unas largas cañas de hojalata que se”enchufaban” a los caños de la copa.

(Wikipedia)

El Mirador de San Nicolás - Granada

El Albaicín, la antigua judería en el barrio del Realejo, el centro urbano moderno y activo y, en primer plano, la Alhambra: estas son algunas de las postales panorámicas que ofrece el Mirador de San Nicolás. Con razón es uno de los lugares más frecuentados por quienes visitan Granada, una ciudad con infinitas posibilidades para el viajero.
Desde allí contemplé la mejor y más grandiosa puesta de sol que nunca había visto. En este caso, es imposible desmentir al ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton. Él, como tantos otros, se quedó prendado ante la vista que ofrece el Mirador de San Nicolás.